viernes, 14 de mayo de 2010

UN AMOR QUE LO VENCE TODO


En mi juventud trabaje como sirviente, para el Rey Carlos III y su hija la princesa Elizabeth, en el castillo de Oxford en Manchester, Inglaterra. Aunque trabaje allí por un largo tiempo, en mis primeros años, no tuve la oportunidad de conocer a la princesa, pues generalmente salía con sus pretendientes o a ver el paisaje.
El 31 de diciembre de 1890, el Rey había decidido realizar una fiesta, en el castillo, para celebrar el nuevo año. Desde la mañana de ese mismo día, todos habíamos estado ocupados, haciendo los preparativos de la fiesta. Pasadas la cuatro de la tarde estaba todo listo, el castillo resplandecía. A las siete de la noche los invitados empezaron a llegar, de hermosos carruajes bajaban Duques, Príncipes, Reinas y Princesas, en los más finos vestidos de gala.
Durante la noche el baile y el vino fueron el centro de atención, pero de repente las campanas sonaron, indicando las doce y con esto el nuevo año. El Rey y su hija hicieron un brindis y ordenaron traer la comida. Mis compañeros y yo salimos con bandejas de algunas de las comidas más exquisitas. Yo debía servir la comida a la Princesa y al Rey, al dejarla en la mesa, vi por primera vez a la princesa, una hermosa cabellera dorada como los rayos del sol, unos ojos tan azules como el mar y sus labios eran tan delicados como una rosa en el amanecer, todo esto enmarcado en un hermoso rostro blanco como la nieve, en ese instante quede flechado por el amor.
En los días siguientes todos mis pensamientos estaban rodeados por su hermosura, hacia lo posible por verla en el campo recogiendo flores y cantando. Aunque yo no era digno de su amor, me gustaba soñar que algún día ella me llegaría a amar.
Un día, me encargaron de llevarle la comida a su habitación. Cuando llegué, un llanto llamó mi atención, al golpear y esperar unos cuantos minutos y ver que la princesa no abría decidí volver a la cocina, pero escuche una voz tan dulce diciendo que pasara a la habitación. Abrí la puerta y encontré a la princesa frente al espejo cepillándose el cabello, deje la comida en el tocador, y haciendo una reverencia di la vuelta para irme, pero la princesa dijo:
- Necesito que me des un consejo. Y yo dije:
- Mi lady, estoy para servirle.
Ella me conto que hace unos días su padre le había dicho, que su salud ya no era la misma de antes, le preocupaba morir y que el Reino no quedara en manos de nadie, así que le dijo que debía casarse cuanto antes. Yo no entendía cual era el problema así que le dije:
- Princesa, siento mucho lo del rey, pero la muerte es lo único que no se puede detener. Por otro lado, el matrimonio no es malo, en poco tiempo amará y será amada.
Ella con lágrimas en sus ojos dijo:
- se que el amor llegará, pero eso no es lo que me preocupa, la salud de mi padre esta empeorando y yo no quiero verlo morir.
En ese momento me di cuenta que la princesa era tan sensible que debía cuidar lo que dijera para no lastimarla.
- Princesa-dije- yo soy un simple criado y no puedo intervenir en los problemas reales, pero hay una sola cosa que si puedo hacer, y es decirle que disfrute el tiempo con su padre al máximo y que cuando el muera él sabrá que usted lo quiso.
Después de hablar un rato se me hacia tarde en mis deberes en la cocina así que con una reverencia me retire.
Así como todos los días cada mañana veía a la princesa en el jardín cantando, esta vez la vi sentada con su padre, la note algo confundida, pues el rostro del Rey expresaba furia. Al día siguiente, mientras El paseaba en caballo, note de nuevo la expresión amarga en su cara, yo con mucha amabilidad y cuidado le pregunté:
- Su majestad, ocurre algo, últimamente lo he notado muy callado y triste.
- Mi hija está molesta -contesto él- creo que tal vez la estoy presionando demasiado con el tema del matrimonio. No me gusta que tenga ese carácter, y menos por culpa mía, así que por favor llévale un té de manzana de mi parte.
- Con gusto, su majestad.
Corrí a la cocina, prepare el té y me dirigí a la habitación, pero igualmente nadie abrió, la llame por su nombre pero nadie me contestó, en ese momento venía Gloria una de las madrinas de la Princesa Elizabeth, aproveche y le pedí que le llevara el té, abrió la puerta y con aspecto de preocupación digo:
- ¡La princesa se ha ido!
Entré a la habitación vi la ventana abierta y una nota en la cama, que decía:
Querido padre:
Te amo y por eso he partido a buscar a mi futuro esposo, voy a viajar por un tiempo a Londres; te voy a extrañar demasiado, pero prometo que volveré a casa, para gobernar Inglaterra.
Te quiere. Elizabeth
Gloria y yo corrimos a avisarle al Rey, al mostrarle la carta, sin pensarlo dos veces, me encargo su búsqueda.
Esa noche empaque lo poco que tenía, y en la estación de trenes, partí hacia Londres. A la mañana siguiente llegué y me hospedé en una posada, a las nueve de la mañana salí a buscar a la Princesa, sin resultado alguno. Luego de un día de búsqueda, hable con un mercader el cual me dijo que había visto a una joven muy bien vestida, que se dirigía al castillo del Duque. Le agradecí al mercader con algunas monedas y en un hermoso carruaje llegue al palacio, pregunté por la princesa la cual apareció al instante, y asombrada de verme me pregunto qué hacía allí, yo respondí que el Rey Carlos III, su padre, me envió hasta aquí para protegerla y llevarla a casa. Ella muy conmovida, me dijo que no se iría hasta encontrar a su príncipe.
Yo respondí:
- Princesa no debiste viajar hasta aquí, pues con tu hermosura encontraras a tu amor donde lo busques. La princesa sonrojada dijo:
- ¡Me parece que ya lo encontré!
- Que bueno princesa ahora serás feliz, regresemos al palacio de tu padre.
- Como quieras, pero ahora que seré tu esposa no me llames princesa.
- En este momento no te puedo expresar nada con palabras, tal vez con un beso sí.
Al regresar a Manchester, el Rey estuvo de acuerdo, con nuestro amor, así que al día siguiente Elizabeth y yo nos cazamos, el Rey se recupero, y hasta el momento vivimos felices junto al Rey y a nuestra hermosa hija: Diana.

FIN

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